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DE CUANDO LA RANA SE ENCONTRÓ CON UNO DE LOS PRÍNCIPES A LOS QUE NUNCA BESÓ

O mejor dicho, que nunca la besaron. Con infinita ternura, Su Majestad la tomó entre sus manos y acercándola a su pecho a modo de abrazo, le dejó escuchar los latidos de su corazón. ¡Oh! ¡Cuánto hacía que no experimentaba semejante calidez! Aún tenía la mirada franca. Aún su voz sonaba acariciadora. Aún era todo lo bueno que recordaba. Y, en un arranque de locura, pensó: "Podría quedarme a su lado. Podríamos caminar juntos hasta cierto punto del camino". Pero él, repentinamente, la volvió a depositar en el suelo y con una encantadora sonrisa de despidió y continuó andando solo. La rana lo vio alejarse hasta que desapareció en un recodo, y de un brinco emprendió su propio camino con la esperanza de volvérselo a encontrar alguna otra vez.

EN MI CIUDAD...

La arrulladora melodía de una mole tragando cemento. El halo vivificante que exhala un quinteto de fumadores. La armonía y gracias de una caravana de autos. La sutil belleza de un puñado de edificios descomunales. La arrobadora magnificencia de la “naturaleza” creada por el hombre. 

ESENCIA PERFECTA.

-Sin miedos. -No, no, dejaría de ser humano. Con miedos, pero con el valor para enfrentarlos. -Sin errores. -No, no, el inequívoco evita que aprendamos a no hacer ciertas cosas. Con errores, pero con el coraje de asumirlos. -Sin defectos. -No, no, eso generaría complejo de superioridad. Con defectos, pero con la honradez para aceptarlos y el deseo de mejorar. -Sin ambiciones. -Bueno, eso podría ser… aunque, no. Con ambiciones, pero de las verdaderamente importantes. Así que también con la inteligencia para poder distinguirlas de entre las demás, las comunes, las que atrapan a la mayoría. -Sin heridas. -No. Perdería sensibilidad. Con heridas, pero por completo sanas pues así las cicatrices ya no dolerán. -Sin rencores. -Sí. Esos provienen del dolor de heridas abiertas o mal curadas. -Sin maldad. -Eso definitivamente sí. Sin pizca de oscuridad. Con el corazón puro y el alma limpia. Aunque, a estas alturas de la degradación en que vivimos, eso es pedir d...

TEORÍA DE PROBABILIDAD.

Digamos que me cansé del verso y que me va mejor la prosa. Digamos que dejaste de hacerte el loco (sí, tú, compañero gris, anodino,e inexperto ) y le pusiste suelas de plomo a mis zapatos. Digamos también que se quito la pereza y al fin  encontraste un norte que me guíe. Digamos, además, que paraste de buscar consuelo por que te diste cuenta que yo ya era cielo limpio, blanca nube. Digamos que, cuando dimos ese paso pequeñito , empezamos a recorrer la vida. Digamos que en este preciso instante nos estamos percatando de que el mundo ya no es igual, el nuestro no. Y por último, digamos que ya podemos respirar. Sería perfecto, ¿no? No habría más opción que la felicidad, ¿cierto? El resultado de que ocurra todo lo que  uno quiere y de la forma en que se lo imaginó, necesariamente es la satisfacción completa, ¿verdad?... Porque es imposible que lo mejor para nosotros sea algo distinto a lo que añoramos… Digamos...  que me casó la prosa y re...

LO SIENTO.

ficticio   Dijiste que no me volverías a hablar jamás. Y lo dijiste con una rabia tal en la mirada, que un escalofrío me recorrió el cuerpo. Te sentías lastimada, ofendida, traicionada. Me odiabas. Y tenías razón. ¿Qué por qué hablé con tanta ligereza de tu “drama”? ¿Qué por qué me justifique con un frío “no es para tanto”? No lo sé. A veces mi mente se vuelve estúpida y hace que me exprese con desconsideración, falta de tacto e incluso crueldad. Sí, lo sé, en realidad el verdadero culpable es el imprudente malhadado de mi corazón. Tú me encargaste el tuyo una tarde de primavera, cuando, con toda la espontaneidad de tu carácter efusivo, me abrazaste y me propusiste: “¿Hay que ser amigas, ya?”. Ese día en la puerta de mi casa, dijiste que mi muñeca pelada parecía una mujer con cáncer (a los 7 años ya hacías comparaciones de ese tipo) y yo, espantada por lo feo que sonaba esa palabra (a los 6 años apenas sabía lo que era una gripe) te dije que ya no quería jugar contigo. ...